En dos pantallas y dos planos fijos —temblorosos— está dividida la vista externa de un muro de la cárcel.
Las pantallas, en sala, replican la distancia que hay entre la ventana de una celda y el borde de la terraza. A un costado aparece la proyección de una conversación muda —imaginada y traducida por la persona que sostiene la cámara, el lector que mira desde afuera— entre dos ramas que nacen y se asoman por las fisuras del muro.