Mi respuesta ha sido devolver la mirada con sospecha, hacer una lectura promiscua del contexto —entendiendo lo sospechoso y lo promiscuo como categorías usadas históricamente para producir vergüenza— y, a través de provocaciones (pasar horas en centros comerciales, avenidas específicas y bares), exacerbar lo incómoda y ruidosa que parece ser mi presencia.
Mis interferencias —leídas como trastornos— consistieron en hacer proselitismo, en abrir los apetitos: llené champús para hombres con leche entera, remplacé portadas de cuadernos escolares de súper modelos con imágenes homoeróticas, enlisté sugerencias de contacto en baños públicos, diseñé mi versión GAY del buzo GAP y voy al gimnasio a flexionar mis muñecas.